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FIGURAS
Leonardo de Mello

Leonardo de Mello nació en la ciudad de Artigas en 1979.
Participó en talleres de escritura en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, la Facultad de Artes y la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Desde el 2004, es tallerista de Lauro Marauda. Actualmente participa, además, en el taller de Liv Schou.
Integra los grupos Tintazur y Narrares.
Colaboró en el armado y la realización del encuentro Jóvenes en poesía, Cabildo de Montevideo, Noviembre de 2006.
Su cuento ¿Cómo hacen los teletubbies? fue publicado en el mensuario Raíces Nativas, Nueva York, junio 2004.
Participó en el libro colectivo Voces en las manos, Montevideo, 2006.
Obtuvo una mención en el concurso de la Liga Marítima del Uruguay.
Contactos:
ldemello01@hotmail.com
Enlace:
www.figurasdemello.blogspot.com
Estas palabras enormemente cuidadas, irreverentes pero con gran clase, fantásticas en sumo grado, provocan un deleite del intelecto antes que de los sentidos, o de la emoción desbordada. A través de ellas, de Mello da rienda suelta a un cúmulo de ideas descabelladamente ingeniosas.
Desde un hombre que encierra la lluvia en una estrecha vivienda; una niña sin rostro; un bar donde se nuclean las sombras de los muertos y una serie de animales mitológicos (pegasos, minotauros) alejados de sus atributos y funciones legendarios hasta una caravana de giro fantástico; objetos personificados (o ánimas que testimonian el mundo desde sus lugares subordinados), estas narraciones muestran una versatilidad y una multiplicación de los puntos de vista poco comunes.
Lauro Marauda
HISTORIAS DEL PAR IMPAR
Atardecía en B.
El minotauro impar había preparado una mesa de jardín, las redondas de plástico, cuya universalidad es indiscutible, con té y galletas. Estaba sentado en un tronco caído porque el medio cuerpo de toro le impedía entrar en las sillas y, aunque hubiese entrado, habría sido difícil que las sillas aguantasen su peso.
-Las crónicas sólo registran los minotauros con cabeza de toro -dijo-. Me atrevo a aventurar que es por la semejanza que tenemos los otros con los sátiros. Pero también hubo minotauros con patas de toro. Hubo, digo, ahora sólo queda el que ve.
Me ahorró la historia de la doncella preñada que escapó de Dédalos, dando por supuesto que los minotauros con cabeza de toro, actuales habitantes de A, ya me la habrían contado en detalle y se concentró en una oscura historia que estos últimos callaron.
Yo había cruzado la frontera esperando entrevistarme con el único minotauro con patas de toro. Así, al menos, me lo habían presentado los minotauros de A. Mi entrevistado me haría ver que, si bien la afirmación de los minotauros de A no era falsa, omitía un detalle que a estos les convenía obviar: que no siempre había sido el único minotauro con patas de toro.
-Todo empezó como un juego, como en el amor -dijo-. No hace mucho, convenimos en organizar ferias con los habitantes de A. Metíamos dos minotauros por establo; un minotauro con cabeza de toro delante y un minotauro con patas de toro detrás. La broma era de una sencillez que me apena. Rematábamos los toros...
Buscaba la palabra.
-Ilusorios –le propuse.
-Ilusorios, es cierto. Bien, los rematábamos y en el momento de la entrega decíamos: “¿Lo quiere como reproductor o como cabecilla?” Si decían como reproductor salíamos nosotros. Si decían como cabecilla salía un habitante de A. Aquello duró un buen tiempo. Hubo gente que murió de espanto. Pero usted sabe que los toros se compran, casi siempre, como reproductores, y los minotauros con patas de toro empezamos a escasear. Los otros vieron la oportunidad de dominarnos y empezaron las persecuciones. Fue entonces cuando surgió la frontera. Algunos intentaron violarla disfrazándose de escoceses. Pero enseguida se delataban; si me perdona el atrevimiento –acercó su cabeza-, al segundo whisky se subían la falda guiñándole un ojo a la camarera. Aquello fue el fin. Como los aventureros eran los más jóvenes de B, las jóvenes desatendidas se suicidaron y los que quedamos teníamos probabilidades muy escasas de reproducirnos y, le confieso, muy pocas ganas. Hasta el martes éramos dos. Ayer murió Martín. Y ya le dije, queda sólo el que ve.
He escrito estas líneas mientras el sol terminaba de ponerse. No traje grabador y quise transcribir las palabras del minotauro cuanto antes. Aún no es de noche. El minotauro sigue frente a mí. Me ha sorprendido su estoicismo durante la charla. Estamos en silencio. Busco, por todas partes, una historia que no alcanzo a nombrar. Algo que leí y que pensaba al cruzar la frontera. Trato de volver a verme caminando desde A, rehilar los pensamientos, pero es una asociación involuntaria (al dejar la taza junto al plato pensé que la dejaba a la orilla del plato) la que me trae el recuerdo. Es una historia de Las Mil y una noches. En ella Simbad se encuentra con unos marineros que llevan una yegua a la playa. Los marineros le cuentan que en el fondo del mar vive un caballo prodigioso. Cada mes el caballo se acerca a la orilla y ellos atan una yegua como aquella en la ribera. El caballo siente el olor y sale a copular. Como el caballo es el último de su especie, siempre de hacerse de una compañera. Los marineros, que habían atado a la yegua para que el caballo la preñara, salen a ahuyentarlo. Algunas veces, el caballo logra sobreponerse al susto que le provocan los marineros y consigue llevar la yegua al mar. Claro que la yegua se muere ahogada. Uno piensa: “Qué estúpido”, por el caballo, pero después le llega el silencio. El caballo debe haber visto a muchas yeguas ahogarse, pero sigue buscando una que sobreviva.
Debo haber comenzado a hablar sin darme cuenta. Es de noche. El minotauro me mira con ojos muy redondos, casi esféricos. Ha preguntado por Simbad y por la playa. Pobre, se habrá creído que el caballo ése existe. Los minotauros son tan crédulos...
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