DE PADRES, HIJOS Y MUERTE
Patricia E. Blumenreich

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Patricia E. Blumenreich nació en Montevideo, Uruguay.
Se graduó de la Facultad de Medicina de la República Oriental del Uruguay en 1980 y emigró a los Estados Unidos en 1981. Se especializó en Psiquiatría en la Universidad de Louisville, Kentucky.
Integró la cátedra de dicha universidad por varios años y recibió el Golden Apple Award (premio al mejor profesor del año) en 1992.
Ha publicado artículos relacionados con su especialidad médica en las revistas académicas: PostgraduateMedicine, Journal of the Kentucky Medical Association y Clinical Advances in the Treatment of Psychiatric Disorders.

Es la editora principal del libro “Clinical management of the violent patient. A clinician’s guide” (Brunner Mazel, 1993) y autora de cuatro de los capítulos del mismo. Es la autora principal de un capítulo sobre alucinaciones en el libro “Difficult Diagnosis II” (WB Saunders, 1992).
Reside en Minnesota desde 1995. Ha publicado en español el libro de cuentos “Vidas”(lst Books Library, 2003).
Es colaboradora habitual de la Revista Literaria Baquiana con sede en Miami. En la actualidad, se dedica a la práctica a tiempo parcial de la psiquiatría y a escribir ficción.

Contactos:
patblumenreich@msn.com
info@baquiana.com
Enlace:
http://www.baquiana.com/Numero_XLI_XLII/Cuento_II.htm

Sobre la autora se dice:
“Esta autora tiene un talento especial para escribir sus cuentos. A veces el dramatismo llega a extremos asfixiantes. Ella se limita a exponer los acontecimientos, y el lector va cayendo en una sublime interrogación.”
Luis Mario
Diario Las Américas / Miami, Florida

“La destreza de la escritora está en crear una serie de silogismos alrededor de la cotidianidad de la vida del narrador. De esta manera atrapa al lector mientras se desenvuelven hechos dramáticos de la vida.”
William Franklin
Diario Gente de Minnesota / Minneapolis, Minnesota

“…interesantes historias de personajes y eventos que no están relacionadas entre si en ningún momento. Cada una tiene sus particularidades, lugares y hechos que las identifican y las hacen únicas por una serie de factores
que rodean cada una de las historias.”
Mario Duarte
La Prensa de Minnesota / Minneapolis, Minnesota

 

De padres, hijos y muerte
Colección Senderos de la Narrativa.200 páginas (2006)

 

En un día cualquiera

Una mañana estival como tantas otras en ese pueblo aislado, polvoriento y decrépito, el cuidador del cementerio, viejo de piel dura, cuero arrugado que brillaba bajo el azote del sol implacable, tomó la pesada llave de hierro del aro que se balanceaba en su brazo y la introdujo en la cerradura de los portones, rutina que había seguido por los últimos cuarenta años. De espaldas a los muertos que yacían protegidos tras los altos muros de cemento irregular y rasposo por encima de los cuales sólo se divisaban las copas de eucaliptos añejos, tironeó con fuerza del portón, que bajo su jalón experto cedió con un chirrido. Afuera, recostada sobre la muralla, una mujer rubia fumaba, el cigarillo casi chato aplastado bajo la presión de sus dedos, consumiéndolo rápido, con urgencia, una pitada tras otra, mientras sus piernas tensas, desnudas y bien torneadas, se cruzaban y alternaban en un movimiento incesante, sus pies encajados en sandalias de tacón gastado levantando el polvo que cubría las baldozas rotas. Miraba con indiferencia la imagen que tenía frente a ella, un camino angosto de tierra bordeado por ranchos, techos de lata, ventanas rotas y perros hambrientos.

Giró su cabeza bruscamente al escuchar el sonido de los portones abriéndose, para ella el lamento, el quejido agudo que estaba esperando y que rompió el silencio. Tiró el pucho, y con pasos rápidos, sosteniendo la cartera de paja blanca bajo su brazo tostado, se acercó a la entrada del cementerio donde estaba enterrada su madre. Atravesó los portones abiertos de par en par y entró al hall donde el aire frío y húmedo de la noche se había impregnado en las paredes de mármol, las columnas dóricas intimidándola con su majestuosidad,
la superficie del techo cubierta por pinturas de nubes algodonosas, un cielo azul brillante y rayos de sol abiertos en abanico que ella ignoró. En la distancia y enfrentándola, las tumbas formaban hileras ordenadas que parecían extenderse hasta el infinito. Con trepidación, habiendo perdido algo de la resolución que parecía haber tenido, la mujer se acercó lentamente al límite entre el vestíbulo y el comienzo del campo abierto, sin límites, y se detuvo. Extrajo un pequeño papel blanco arrugado de la cartera que había dejado marcas en cruz en su brazo, lo leyó, levantó la vista con ansiedad y miró en varias direcciones. Aún sosteniéndolo entre sus manos delgadas sin anillos, las uñas cortas mordisqueadas, un reloj pulsera de correa marrón gastada alrededor de su brazo izquierdo, dio varios pasos hacia su derecha y caminó observando los postes de madera gastada. Letras y números inscritos en tinta negra sobre letreros rectangulares identificaban cada sendero.

Miró otra vez el papel, el letrero, y dobló hacia la izquierda, su paso ahora lento, leyendo las inscripciones sobre las tumbas, buscando. Finalmente se detuvo, la expresión en su cara huesuda seria, sus ojos marrones fijos en el nombre grabado sobre el mármol negro. Dio varios pasos hacia atrás hasta que sus piernas tocaron la piedra fría de la otra tumba.

-Seguro que pensaste que nunca iba a venir- comenzó, enunciando esas palabras lentamente, desenrrollándolas sobre su lengua seca, pastosa. -Y no es que te lo merecieras. Ni yo misma sé para qué vine, pero acá estoy- le habló al monumento, el volumen de su voz más alto, el tono más intenso, mirándolo de frente, como tratando de encontrar su mirada, desafiándolo. -Yo no iba a venir, me había prometido no verte, no hablarte nunca más, porque, ¿para qué te iba a hablar? Porque después de todo vos fuiste la que me dejaste de hablar primero. Te tocaba a vos venir a mí y no yo a vos. Pero vine, yo vine.  Y ahora, que por fin estoy acá, que tomé todo el coraje que encontré dentro mío, es hora de que me escuches, de que me riendas cuentas. Vos me tenés que rendir cuentas a mí, sí señora, a mí, - le dijo ahora, la ira que había ocultado por años empezando a desbordarla.

La tumba, bajo el hechizo de su dedo acusador, se fue gradualmente metamorfoseando en una mujer, el mármol ablandándose hasta ser carne, la superficie lisa se transformó en la piel oliva, tersa, la piedra se alargó y esculpió hasta formar los muslos y brazos delgados, y un cuello largo que sostenía una caberza donde ojos castaños la miraban como si fuera una desconocida.

-¿Cómo me pudiste tratar así? ¿Qué tipo de madre puede ser tan cruel, tan egoísta?..... No debería haber venido, no sé para qué vine- le dijo, dolor, arrepentimiento y furia en su voz. 

Se dio vuelta, su mirada encontrando a lo lejos el muro sobre el que se había recostado temprano en la mañana, cuando aún  se sentía capaz de enfrentar al fantasma de su madre, cuando aún sabía exactamente qué le diría, cómo se justificaría, qué le reprocharía; cuando todo el rencor y dolor acumulados por años parecían estar listos para presentarse en un orden coherente, comprensible, racional. Bajó la cabeza y la rotó, mirando otra vez al monumento que ahora era mujer.

-Yo no hice nada malo, ¿entendés? Nada malo. Me enamoré, era joven, inocente, pasó, lo que pasó, pasó. Pero vos no me querías así. Porque si yo no era como vos querías que fuese, estaba mal. A eso llegamos, o era como vos te empecinaste en que fuera, o no era más tu hija. Decime, ¿qué tipo de madre trata así a su hija?¿Qué tipo de madre echa a su hija embarazada a la calle? Una mala madre. Por fin. Te lo dije, te lo dije- repitió como si necesitara convencerse de su arrojo y de la veracidad de su aserción. -Seguro que vos siempre  pensaste que eras perfecta- siguió, el tono cada vez más enfurecido, el volumen de su voz más alto,- pero para que sepas dejaste mucho que desear. Y ya ni hablo de cómo me trataste a mí, porque para qué volver a lo mismo, pero, ¿qué me decís de cómo trataste a papá? ¿y a mis hermanos?, mis pobres hermanos a los que vivías criticando, siempre esperando de ellos algo, pero sin decirles lo qué era que esperabas. Nunca nadie te pudo satisfacer. Una pobre infeliz, eso eras. Lo único que querías era impresionar a otros, la dama de sociedad. ¡Pero si eras una pobre diabla, una pobretona que sólo pensaba en las apariencias! Y ahora estás muerta…., bien muerta…., y yo ni sé por qué vine-dijo lentamente, su voz carente de la intensidad explosiva de segundos atrás, casi resignada, la duda acosándola otra vez, sus hombros tensos aflojándose, cayendo, deteniendo su mirada sobre el nombre de su madre, su fecha de nacimiento y la de su muerte.

La brisa caliente rozaba sus brazos descubiertos,  el sol estaba empezando a quemar, la tierra de los canteros casi seca. Suspiró y dejó caer la cartera que había mantenido apretada en sus manos sobre el suelo. Se sentó sobre la base del monumento, mirando al de enfrente. Permaneció callada, observando la foto sepia incrustada sobre la otra tumba, flores frescas adornando los jarrones que la rodeaban. Cuidadosamente se deslizó hacia atrás hasta que su espalda sintió la rigidez ahora tibia del  mármol.

-¡Qué lindos son esos claveles! Se ve que a esa mujer la querían mucho- dijo, la furia que la había consumido por un breve espacio en el tiempo momentáneamente desaparecida. -¿Te acordás cuando vos decías que una casa sin flores es como un cementerio aburrido y papá decía que con tantas flores parecíamos una florería en quiebra?- sus labios secos se curvaron en una leve sonrisa al evocar la imagen de su casa llena de las flores que su madre se empeñaba en comprar y el cuidado con el que las acomodaba en floreros que compraba en ferias, rebajados, casi gratis. -¿Te acordás de aquel día cuando papá me estaba enseñando a andar en bicicleta y me caí? Vos largaste el florero y saliste corriendo a la calle, sacándote el delantal, retorciéndolo como una venda, listo para cubrirme la herida. ¡Y yo apenas me había hecho un rasguño! Después le hiciste limpiar a papá el piso mojado y recoger el vidrio roto. El pobre protestó y protestó y no le sirvió de nada. ¿Y la vez que los mellizos no se bajaron del ómnibus y vos fuiste a la policía convencida de que los habían raptado y cuando volviste estaban en casa? Los pobres nunca entendieron por qué los pusiste en penitencia. ¡Mirá las cosas de las que uno se acuerda!- dijo, moviendo su cabeza de lado a lado, pensativa.

De golpe se levantó, recogió la cartera, le sacudió el polvo, y sonriendo caminó apresurada hasta la salida. Volvió pocos minutos después, corriendo, un ramo de claveles reposando en sus brazos, el agua que chorreaba de las ramas humedeciendo su piel caliente.

-¡Mirá lo que te traje!- le habló orgullosa al monumento madre, todavía agitada, respirando rápido, sintiendo latir su corazón.

-Pero, ¿qué estoy haciendo?,- se preguntó ahora, el enojo volviendo a invadirla, desilusionada consigo misma.- Si seré idiota, por un momento me olvidé de todo lo que me hiciste, me ablandé,  y vos seguro que te estás deleitando viendo qué hija idiota tenés. Bueno, vos siempre me dijiste que era una floja, que me dejaba llevar por otros, que no era capaz de hacer mis propias decisiones. Vos sólo me criticabas- dijo, el ramo aún sostenido en sus brazos. De golpe lo tiró con fuerza contra la tumba desparramando los claveles sobre el mármol y la tierra. Apretó los puños y caminó alrededor del monumento en silencio. Prendió un cigarrillo y se detuvo, mirando las tumbas que la rodeaban, apenas sintiendo el sudor que le estaba mojando la blusa blanca, la humedad en la entrepierna, el dolor en los pies metidos en las sandalias demasiado chicas. Oía sólo su respiración, el zumbido de alguna abeja o algún moscardón que no se molestaba en espantar. Se acercó hasta un eucaliptus y se sentó bajo su sombra, la tumba de su madre parcialmente tapada por las otras. Sólo veía su cuello, parte de su cara, sobresaliendo entre las otras, más bajas.

-Tal vez tenías razón- empezó mientras fumaba lentamente, la mirada perdiéndose entre los sepulcros. -Yo siempre me dejé llevar por otros. ¿Y sabés qué es lo peor? Creo que todavía lo hago-. No habló por varios minutos, ajena al paso del tiempo. Cerró los ojos y recostó la cabeza contra la corteza irregular del árbol, indiferente a las hormigas que lo recorrían en ambas direcciones. Imágenes que trataba de poner en orden se deslizaban por su mente, recuerdos a los que debía darle alguna coherencia.

-Las cosas no andan bien en casa- empezó a modo de confesión. -Creo que tu nieto, por el que me echaste de casa- le dijo ahora con más dolor que furia,- se droga. Tiene dieciséis años, sabrás, y no sé, no estoy segura, pero llega a casa tarde, anda con unos amigos que no me gustan nada, no sé, no sé. Y el padre, sí, el que me embarazó y terminó siendo tu yerno, ¿qué te parece?, me casé después de todo- dijo con ironía,- me sale con cosas raras. ¿Sabés lo que me dijo el otro día?, que él también había tomado drogas a esa edad y no pasó nada. ¿Vos sabías que él tomaba drogas? Yo lo vi usar alguna vez, pero nada más. Y yo nunca las probé, te lo juro. Ahora no sé qué hacer, porque creo que tu nieto me miente, creo que hasta me ha robado plata. Y no sé a quién contarle, no tengo a quién contarle- dijo, su voz entrecortada por el llanto que trataba de contener. Calló y tragó con fuerzas, sólo un gesto, su boca estaba seca. - Papá está mal. Se quedó sin trabajo, anda malhumorado, la casa es un desastre. Después que vos te moriste se dejó estar, y ahí andaba, no se interesaba en nada, no le importaba nada. Pero dos años después se consiguió una novia, una divorciada. ¿Sabés cómo la conoció? Te vas a reír, a través de un aviso en el diario. Yo no lo podía creer, ¡papá de novio! ¿Te lo imaginás? Bueno, la cosa pareció marchar por un tiempo, pero hace unos meses ella lo dejó, y ni yo le pregunté por qué, ni él me dijo. Y ahora anda mal otra vez. Entre que no tiene ni trabajo ni novia, se pasea por la casa como un fantasma y hay una mugre que ni te cuento. Los mellizos tampoco ayudan en nada, cada uno por su lado. Ninguno terminó la carrera todavía. Pero trabajan, apenas les da para mantenerse, pero trabajan. Los dos tienen novia, pero ninguno tiene hijos, por suerte. Así que vos seguís teniendo sólo un nieto, mi hijo.

Se levantó apoyando su mano en la tierra seca y de espaldas a la imagen de su madre habló otra vez. -Tuve un amante una vez. No duró mucho, sólo unos meses, pero lo extraño, lo extraño. Con él podía hablar, él me escuchaba, le podía contar cosas, tantas cosas....Pero ahora no tengo a nadie otra vez. Sola, me siento muy sola. A veces la vida me pesa. ¿Te pesó a vos alguna vez la vida? ¿Sentiste alguna vez que ibas contra la corriente?¿Que cuando vos subías otros bajaban y cuando vos finalmente aprendías a bajar los otros empezaban a subir? Porque así me siento yo.
Rotó y se acercó lentamente a la tumba otra vez. La miró por varios instantes, ahora en la sombra, el aire menos caliente, el sol perdiendo lentamente su intensidad.

-¿Por qué me echaste mamá? ¿Por qué no me ayudaste cuando más te precisaba?- preguntó, su voz temblorosa mantenida por el hilo de un gemido. Calló por un instante, buscando dentro de sí, eligiendo las palabras, las preguntas.

-¿Por qué fui tan orgullosa que nunca volví para mostrarte a tu nieto? ¿Por qué nunca viniste a verme? Tantos por qués y no me podés contestar ninguno-. Se inclinó y tocó levemente el mármol con la punta de sus dedos. Se arrodilló sobre la tierra, cruzó los brazos sobre la lápida cubierta por claveles en desorden, y ocultó su cara en ellos. Su respiración se hizo cada vez más regular, más monótona y calma, hasta que sin quererlo se durmió. Cuando despertó, confundida y aturdida, sombras cubrían los sepulcros. Se enderezó y miró otra vez el nombre inscrito en el mármol. Lo repitió varias veces, hasta que no le sonó real. -¿Quién eras mamá? ¿Cómo eras de verdad? ¿Qué pensabas cuando nadie estaba cerca?- preguntó y tomó la rama de un clavel en sus manos. -Esta flor está tan muerta como vos. Tan muerta como vos. ¿Te das cuenta?, vos traías cosas muertas a casa, decorabas la casa con muerte. Y después de todo, ¿qué quedó de vos? Ojalá pudiera decirte que sólo tengo buenos recuerdos. ¡Cuánto quisiera decirte que sólo tengo buenos recuerdos! Pero tengo de todo, de todo. Sin esforzarse para controlar las emociones que ya no podía controlar, comenzó a llorar, un llanto casi inaudible, un llanto que existía sólo entre ella y su madre.

-¿Qué va a ser de mí?- preguntó sin que nadie le contestara, -¿Qué va a ser de mí?- repitió y se paró. Soltó el clavel que había mantenido en su mano y lo dejó caer junto a los otros. Recogió su cartera de paja y caminó lentamente por el sendero hasta llegar a los portones que el cuidador empujaba con esfuerzo y que se cerraron detrás de ella. La llave de hierro en la cerradura trancó el portón. Ahora del otro lado lado de la muerte y la soledad, secó sus mejillas con el dorso de su mano y prendió un cigarrillo. Se detuvo por un instante y miró hacia los jardines del cementerio a través de las rejas de hierro. -Adiós mamá- se despidió, y se fue.

 

 

 


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